La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado una emergencia de salud pública de importancia internacional tras la muerte de al menos 80 personas a causa del virus del Ébola en la República Democrática del Congo (RDC). Este brote, detectado inicialmente en la provincia nororiental de Ituri, representa un nuevo capítulo en la lucha contra una enfermedad que ha marcado la historia reciente de África subsahariana y expone nuevamente las debilidades estructurales de los sistemas de salud en la región.
Hasta el domingo, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos reportaron más de 330 casos sospechosos y cerca de 90 muertes relacionadas con el virus en la RDC, aunque las pruebas de laboratorio han confirmado únicamente una fracción de estos casos. Uganda, país vecino, ha informado de dos casos confirmados. La rápida propagación del brote ha llevado a la OMS a coordinar esfuerzos internacionales, aunque la respuesta sanitaria se ve dificultada por la falta de recursos y por la inestabilidad política que caracteriza a la región.
La cepa responsable de este brote es el virus Bundibugyo, una variante poco común del Ébola para la cual no existe actualmente vacuna ni tratamiento específico. Esta situación agrava la crisis, ya que las experiencias previas con otras cepas del virus, como la Zaire, han permitido el desarrollo de vacunas que, lamentablemente, no son eficaces para la variante actual. El virus Bundibugyo fue identificado por primera vez en 2007 en Uganda y desde entonces ha causado varios brotes, aunque ninguno de la magnitud que hoy enfrenta la RDC.
El ébola es una enfermedad viral descubierta en 1976 en la actual RDC y Sudán del Sur. Se transmite por contacto directo con fluidos corporales de personas infectadas o con objetos contaminados, y se caracteriza por una alta tasa de letalidad, que en el caso del Bundibugyo oscila entre el 30 y el 50 por ciento. Los síntomas iniciales —fiebre, dolores y fatiga— dificultan la detección temprana, ya que pueden confundirse con otras enfermedades comunes en la región como la malaria.
La respuesta internacional al brote actual se ve limitada por los recientes cambios en la cooperación global en salud pública. Estados Unidos, que históricamente ha tenido un papel fundamental en la contención de epidemias en África, se retiró de la OMS en enero pasado y clausuró la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), obstaculizando el flujo de recursos y de experiencia técnica. Esta reducción en la capacidad de respuesta ha sido objeto de críticas y pone en evidencia la importancia de los mecanismos multilaterales y públicos en la gestión de crisis sanitarias que trascienden fronteras.
El ébola ha sido, durante décadas, un símbolo de las desigualdades estructurales en el acceso a la salud y de las consecuencias devastadoras de la falta de inversión pública en los países del Sur Global. Desde su descubrimiento, la RDC ha experimentado 16 brotes, el más grave de ellos en 2014, cuando una epidemia en África Occidental cobró más de 11.000 vidas. A pesar de los avances científicos, la respuesta sigue marcada por la precariedad y la dependencia de la cooperación internacional, muchas veces condicionada por intereses económicos y geopolíticos.
La actual emergencia pone de relieve la urgencia de fortalecer los sistemas de salud pública y de romper con la lógica de mercado que prioriza la rentabilidad sobre la vida. El acceso a vacunas y tratamientos debe ser considerado un derecho colectivo y no un privilegio del Norte Global. El brote de ébola en la RDC es un recordatorio de que la salud es un bien común y de que la

